En un lugar donde se escuchan a las aves cantar sobre la inmensidad, entre el firmamento y la tierra, el viento sacude con ferocidad la arena, la flora y los ya terminados caminos de cemento que en la noche la luna alumbra y en el día la estrella incandescente calienta con las alegrías y dolores del abono y de los frutos de esta tierra, donde mis pies ya no están, el mundo que mis ojos perdió y que mis sueños lejanos me obligan a recordar en la soledad incipiente, ya que me hallo de nuevo en el hábitat de cemento, rodeado de cerros y del frío que se siente desde las nubes hasta la gente.
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